sábado 6 de junio de 2009

Mártires de Bellavista (segunda parte)

Bienvenidos al tour dominical en bellavista

Primera parada: el gallinero
Así es llamado por todas las mujeres que cada domingo están aquí, Cecilia lo define como un galpón o laberinto enrejado donde todas las mujeres hacen una fila india de más de cinco cuadras para llegar al puesto de control donde indica para donde va, y se le revisan los documentos y la huella digital. “En esta etapa se pueden demorar hasta dos horas, pues la requisa es muy lenta”, afirman Don Javier que se encuentra atentamente escuchando nuestra conversación interrumpe a las mujeres diciendo, “yo mas de una vez no he podido pasar del gallinero, yo trabajo en la construcción hace mas de treinta años y por las herramientas que manejo y el trabajo tan duro la huella digital ya no me da con la de la cedula, mientras me mostraba sus manos toscas, sucias y maltrechas por el trabajo”.
Segunda parada: los perros
Después de que los documentos son rectificados y la huella digital de la persona corresponde a la de la cedula, pasan a la requisa de los perros, donde sentadas en varias sillas son rodeadas por perros entrenados para identificar cualquier tipo de droga o implemento prohibido de ingresar.
Tercera parada: revisión de la comida
Aunque estas tres mujeres y Don Javier, afirman que es el más rápido de todos los controles, es uno de los que mas sufren, pues dependiendo los productos que entraron en la última visita se imponen las restricciones para esta.
Cecilia afirma que cada semana cuando frita algún pedazo de carne, prefiere guardarlo para llevárselo a su hijo, así sea que coma sólo arroz, o en los mejores casos arroz con huevo. Mónica apoya la idea pero cuenta que es muy triste ver como los esfuerzos que hacen ellas para traer las mejores comidas, nunca pueden llegar al destino final, pues según las restricciones la mayoría son botados en grandes baldes y delante de ellas. “igual nada se puede hacer, lo único que lo reconforta a uno es saber que ya casi está coronando, que ya casi vera a su ser querido”, dice Martha.
Cuarta parada: las sillas
“Ahí llegamos para ser sentadas en sillas que detectan cualquier objeto metálico que uno lleva”, afirma Cecilia y continua, “por ejemplo si usted lleva una moneda o cualquier cosa metálica le pita, las guardianas la requisan para saber usted que lleva o la devuelven de una, perdiendo las tres horas de fila y de recorrido que ya uno lleva”.
Quinta parada: el sello invisible.
¿Sello invisible? Me preguntaba mentalmente, mientras que continuaba escuchando a las mujeres. “Si es un sello que le ponen a uno que no se ve”, decía Martha, “es para que ningún preso se vuele disfrazado de mujer”.
Al escuchar todo esto me preguntaba… ¿si hay tantas requisas como es que entran computadores, dinero, celulares, droga y hasta alcohol?, cuando una de las mujeres me respondió.
“La cárcel bellavista no se debe de llamar así, se debería de llamar, centro vacacional o san Andresito Bellavista. Usted allá puede comprar y vender de todo, desde un colchón o una camisa, hasta un ron un aguardiente, una cerveza, una simcard, un celular, un arma, la droga que a usted le antoje. Por eso es que ellos no salen resocializados porque ellos allá viven muy bueno están es como de vacaciones, las que sufrimos somos nosotras que tenemos que traer en cada visita mínimo 100.000 para que no los maten o para saldar cuentas, o consignar en la cuenta del INPEC hasta 500.000 mensuales”
Y ¿cómo entran la plata sabiendo que está prohibido?
Las tres soltaron una carcajada, me preguntaba el por qué de la risa, hasta que Cecilia me dijo en un tono más bajo, “pues donde más, en la vagina, allá uno puede meter de todo. Un día una niña que iba delante de mi había pasado todos los controles y cuando llego a las sillas eso no dejaba de pitar, después de que las guardianas la presionaron para que respondiera que llevaba, la muy descarada respondió: una granada” contaba Cecilia entusiasmada mientras todas se reían. Concluyó diciendo que se había enterado que esa niña estaba pagando veinticinco años de prisión por terrorismo en la cárcel del Buen Pastor.
Abrumada por el ruido de todas las mujeres que se encontraban en el lugar y sorprendida por la tranquilidad en que contaban sus anécdotas, me dirijo al kiosco rojo, en el ambiente se sentía ruidos por doquier, me senté a observar un poco los movimientos de algunos sujetos mientras escuchaba atentamente un diálogo que sostenían seis hombres y dos mujeres, a cada mujer se les paga 70.000 por entrar un paquete, “esas son llamadas las cargueras”, me decía una joven que se encontraba a mi lado. Continúe observando mientras que uno de los sujetos reempacaba varias comidas, entre ellas un “hogao”, bastante aguado. El olor a comida era ya asfixiante. Fritos, ensaladas, y comidas difícilmente descriptibles eran lo que acomodaban en seis grandes bolsas transparentes, varias camionetas, taxis, motos y demás vehículos, paraban ahí a dejar encomiendas. Me preguntaba que había ahí y por qué tanto secreteo entre todos. Las mujeres se movían de un lado a otro, se reían, fumaban, y en cada frase que decían habían un “hijueputa”, “pirobo”, “malparido”, de por medio.
Finalmente consiguieron otras cuatro mujeres para que entraran las bolsas restantes. A estas últimas se les pagó 50.000, y acordaron que si una no podía pasar debía de dejar una de las bolsas del paquete grande que llevaban visible para que la segunda tratara de hacerlo y así sucesivamente; “el fin es que pasen la mayoría, ya que ayer no pudimos nosotros entrarlas hoy les toca a ustedes”, dijo uno de los sujetos entregando las bolsas. Y agregó, “la Johana como que no pudo, por ahí la vi gritando y tirando el paquete por la primera reja. La maricona no hacia sino gritar”, “hoy no se puede entrar cosméticos”, le dio culillo hacerlo cuando escuché esto, me percaté que era la joven que había visto horas antes tirando la cosmetiquera por una reja. ¿Qué llevaba entonces ahí? Y ¿Por qué no decidió entrarla?
La joven que estaba a mi lado, me dice: “así se mueve esto cada domingo”.
Y ¿usted a quién viene a visitar?, le pregunto
Vengo a visitar a mi papá y a mi hermano, están aquí por tráfico de drogas, llevan dos años pero aún no han sido condenados…el diálogo fue interrumpido cuando el celular le sonó en varias oportunidades, colgó y me dice:”era mi papá y después mi hermano, están ya desesperados porque no he entrado…”
¿Papá?, ¿hermano?, como así. ¿No están ellos adentro en la cárcel?
Continuó, “no me dejan tranquila me llaman cada segundo. Si desayuné, almorcé, comí, si estoy rumbeando me llaman hasta que llegue a la casa. Me protegen mucho pero no los culpo, lo que pasa es que yo tengo toda mi familia en la cárcel, aquí a mi papá y a mi hermano y en el Buen Pastor a mi mamá y a la empleada de servicio. Todos cayeron por nexos con familiares narcos, yo fui la única que me salvé porque me encontraba estudiando en otra parte”
Al escuchar ésta historia, me inquieté por saber más detalles y después de un diálogo más abierto me enteré, que pertenecía a una familia muy pudiente, que la celda para su papá y su hermano con una cama doble, televisor, un pequeño radio y un armario improvisado le había costado cuatro millones de pesos. Que había pagado 70.000 a un guarda para que le ingresara un celular Motorola V3 que después fue robado al interior de la cárcel a sus familiares y que ahora estos pagan por el alquiler del mismo las horas que quieran y que tienen computador portátil.
Después de escuchar esta historia puedo comprender por qué la señora de la fila decía que no se debía llamar cárcel sino centro vacacional o san Andresito Bellavista.
Suena de nuevo el celular… cuelga y me dice, mi papá ya me confirmó que sí hay visita, que ya entraron los primeros…y le pregunto ¿había posibilidades de que no hubiera visita? Me responde: ”es que ayer hubo como que una fuga, por eso cancelaron las visitas… al escuchar esto recuerdo porque el sujeto que repartía las bolsas que iban a ingresar las seis mujeres por 50.000 y 70.000 decía que hoy si tenían que ingresarlas ellas... porque el día anterior ellos no habían podido.
Y ¿quién se voló?, le pregunté
“Según mi papá mataron a uno allá adentro y mientras entraban los de criminalística por el muñeco uno de los presos se disfrazó y salió muy campante por la portería central”.
Cuando la joven contaba esto, fue interrumpida por Don Javier, no sabía que estaba siguiendo mis pasos, con una cerveza ya por terminar dijo: “yo estuve ahí, ya casi iba a entrar pero cuando no dio el conteo dijeron que las visitas estaban canceladas, de inmediato todos nos enojamos… ¿no ve que esta es la última vez que van a dejar ingresar comida en abundancia? Es que a los presos no les importa la visita a ellos los que le importa es la comida, con esa cochinada de la comida del bongo, ¿usted sabe cómo es esa comida?” Me interpelaba mientras lo escuchaba con atención. De inmediato, continuó, “todos empezamos a tirar piedras y llegaron los antimotines a tirarnos gases lacrimógenos, las guardas desde la cárcel nos apuntaban con fusiles…” contaba emocionado, mientras acababa el último trago de cerveza que le quedaba.
“La joven añadió, así pasa cada domingo…esto no es nada… ya nos hemos acostumbrados…”
Un grito interrumpió la amena conversación:”no hay mas visitas, señoras, no hay mas visitas” de inmediato la joven salió a correr, pues su encuentro con sus familiares podría ser cancelado. Desaparece entre la multitud con dos bolsas tranparentes, llenas de comida.
Me quedo en el lugar observando a las que van entrando, el grupo de las cuatro mujeres, horas mas tarde a la del ficho 5039, a Martha, a Cecilia y Mónica, a las seis cargueras… todas están emocionadas y sus rostros reflejan alegría y tranquilidad.
Tres horas más tarde, Mónica sale, le pregunto sobre el porque llegó tan rápido, y me dice que no paso el control de las sillas, con lagrimas en los ojos, me jura que no lleva nada raro…mientras saca de una monedera 20.000 en billetes de 1.000 y 2.000… “me tocará pagar para que me entren la comida, es preferible eso a que se pierda”, me quedo sin saber que decirle, paga, entrega la bolsa y desparece del lugar.
Horas mas tarde empiezan a salir las demás, varias comerciantes las esperan a la salida, ofreciendo trozos de algodón con alcohol, paraqué limpien los siete sellos que les fueron puestos en cada uno de los controles.
Poco a poco van desapareciendo, me decido a partir, observando varios rostros, las cargueras salen celebrando, lo que me lleva a pensar que la mercancía llego al destino final, otras más salen tristes, lloran… pero salen en silencio. El ruido de la expectativa y la emoción propias de la mañana desaparecen y es transformado por un silencio abrumador.
Tomo de nuevo el bus, y conmigo seis mujeres más, llevan sus bolsas transparentes ya vacías, ninguna habla ni comenta nada, sólo hay silencio… se ven tranquilas por haber cumplido con el ya acostumbrado tour de cada domingo.
Me alejo del lugar no sin antes leer un letrero algo borroso con dos manos entrelazadas:
Bienvenidos: en Bellavista armonizamos la paz.

lunes 25 de mayo de 2009

Mártires de Bellavista.




Por Vanessa Garcés Velasco



Iba a 20 Km por hora; entre curva y curva sentía la angustia y el temor característico de quien lo hace por primera vez; a mí alrededor habían unas cuantas mujeres, que podrían clasificarse de tres maneras: unas ancianas vestidas con faldas largas hechas en chalis y con estampados; otras jóvenes que reflejan el cambio del lugar vestidas de jeans y camiseta (ropa que antes impedía ingresar); y por último, aquellas que con cualquier movimiento sutil develaban parte de su cuerpo por los pequeños retazos que las cubrían.
El ambiente lleno de frio y somnolencia destila miles de olores del menú que prepararon estas mujeres para toda una semana, algunos por estar empacados en “cocas” transparentes, permiten observar su contenido: frijoles, arroz, “sudaos”, carne frita en porciones y un montón de comidas revueltas que impiden identificar su contenido. Otras prefirieron dejar todo para el final; pues creyeron que es mucho más fácil reemvasar la comida en bolsas transparentes antes de ingresar al lugar. Todo me indica que vamos a disfrutar de un paseo familiar, sólo que desconozco en qué condiciones.
Después de la última curva sobre la calle aparece el lugar; una estructura construida en 1976 de color blanco y azul. El frente está lleno de ventanas; algunas dejan ver ropa extendida, mientras otras, muestran las siluetas de algunos rostros que no se alcanzan a descubrir; pero sé que están a la espera de sus familiares, como muchas de las mujeres que están a mí alrededor esperando el encuentro que los hará sentir nuevamente en familia.
Bajamos rápidamente del bus y alrededor de la estructura ya hay miles de mujeres; supongo que llegaron desde la noche anterior a recoger el ficho que las hará merecedoras de los primeros lugares del “tour” dominical. Todas corren, gritan, ríen, negocian varios productos, cuentan sus historias, se quejan… todas tienen una característica: están a la expectativa de entrar lo más rápido posible; pues equivale a más horas de visita. Una mujer que va a mi lado dice: “me tocó el turno 4.035, hoy como que me cogió la tarde”.
¿4.035? ¿Cuántas personas le pueden caber entonces? La cárcel Bellavista está compuesta por un área de 95.100 m2 donde sólo están construidos 27.000 m2 divididos en nueve bloques en los cuales se encuentran dieciséis patios de reclusión. Según la directora de salud del INPEC, Luz Helena Hernández, la cárcel fue creada para alojar máximo a 2.213 internos; pero hoy cuenta con 4.850. Si suponemos que cada preso es visitado por tres personas, se tendría un total de 14.550 visitas entre hombres (los días sábados) y mujeres (los domingos).
Así como a la mujer que le “tocó” el turno 4.035, a María Isabel, que viene de trabajar toda una noche en un bar de la ciudad, recibió el turno 5.863. Ella viene a visitar a su hijo condenado a 25 años de prisión por asesinato, “no puedo decir que mi hijo es inocente, pues uno no sabe que hizo a escondidas mías, ese güevón es el que me tiene en este trajín todos los fines de semana; prefiero trabajar todo un año sin descansar que venir aquí sólo un domingo”, me decía mientras se cambiaba los tacones que llevaba, por unas chanclas transparentes que después de observar la fila, todas tenían.
“A la orden, a la orden, alquile las chanclas aquí, sólo a $4.500… madre le incluye la guardada…”; “a la orden, a la orden lleve la ensaladita a $500 con limón, empacada ya lista para entrar…”; “lleve el aguacate maduro para el almuerzo…”; “la bolsa, la bolsa a $1000…” era lo que se escuchaba por toda la fila de mujeres que superaba ya las tres cuadras. Me acerco y le pregunto a uno de los comerciantes: ¿Cuántas chanclas alquila usted cada fin de semana? Y sonriendo me respondió, “mas de 80 pares, ya hay mucha competencia, todos tratamos de rebuscárnosla”
Camino alrededor de la gente y me encuentro con cuatro mujeres que hablan de la lentitud de la fila. Poco a poco cuentan sus historias mientras sus rostros reflejan resignación; pues llevan viniendo todos los domingos desde hace tres años, las cuatro llevan en sus manos grandes bolsas transparentes, en ellas se pueden observar diferentes tipos de comidas, implementos de aseo, ropa y hasta cobijas. Una de ellas, quizás la más joven, cambia frecuentemente el brazo con el cual sostiene la bolsa mientras observo la marca roja que tiene en los dos hombros por el peso de la misma; cuenta: no le prometo al negro que voy a venir hasta que él quede libre. Uno no sabe, yo no se cuanto aguante; además, la venida acá sale muy cara. Yo creo que es más barato levantar nueve hijos que cubrir los gastos del Negro. ¿Gastos? ¿Dinero? pero ¿Para qué dinero si en el articulo 89 del Código Carcelario y Penitenciario se está tratando según el coronel Orlando Gómez, funcionario del INPEC, de quitar el poder adquisitivo que da la moneda para que los presos no tengan como comprar ni como vender? ¿Serán sólo medidas que se quedan en el papel y que nunca pasan a la realidad? O ¿Cuáles son los gastos que la señora debe cubrirle al “Negro”?
Mientras hay un momento de silencio, la mayor de las cuatro mujeres tiene que pagar 17.000 semanales por el alquiler de la celda, le da mucho pesar que su hijo tenga que dormir en el pasillo; además, ¡al mío si le toca!, -respondió otra de las mujeres- porque no tiene como pagar toda esa plata, no es ni lo que se gana diario donde trabaja, ese güevón si le cuenta que tiene que dormirse después de media noche, porque por ese pasillo es que pasan todos los demás presos si quieren ir al baño. Un día mataron a uno que estaba durmiendo al lado de su hijo; pero sin plata, nada se puede hacer.
Estas historias me dejaron estupefacta, pero sabia que no era nada en comparación con lo que más tarde escucharía.
Seguí caminando por la fila desorganizada que las mujeres hacían, noté que mis zapatos y gran parte del jean que llevaba puesto estaban cubiertos por completo de barro; la noche anterior había llovido sin parar y en la mañana aún caían gotas de agua. Me acerque a la portería, donde se podía observar la entrada de las mujeres a través de una valla. Todas se quejaban; pues las chanclas que llevaban puestas no las protegía del barro, por el contrario, las mujeres parecían caminar descalzas, sus pies estaban completamente llenos de barro, parte de las piernas o en su defecto de sus jeans también; se quejaban sin parar mientras las que seguían intentaban esquivar los grandes charcos de barro por los que obligatoriamente tenían que pasar si querían encontrarse con sus seres queridos.
Cada turno de ingreso era de veinticinco mujeres para dar espacio a los guardias del INPEC de hacer las requisas habituales. Mientras pasan se ven felices; pues son afortunadas de entrar a las 9:00 am cuando otras lo harían a las 12 m. o quizás no lo hagan, pues la entrada es hasta las 2:00 pm. Al esto suceder, las mujeres que se encuentran observando junto a mí detrás de la valla preguntan: ¿Qué número tiene usted? ¿Qué número le tocó?; cada una de ellas responde: el 512, el 513, el 516, el 520. En cada respuesta una mira su ficho y se ve desalentada, por lo que me acerco y le pregunto ¿qué ficho tiene usted?, a lo que me responde: el 5039; la entrada hoy si está muy dura.
Después de observar la felicidad de unas y la preocupación de otras, pasé la calle, mientras escucho un grito, “hoy no se pueden entrar ningún tipo de cosméticos”, decía una mujer que ya había ingresado al primer puesto de control, mientras trataba de tirar por una de las rejas una cosmetiquera, esto hizo que las mujeres que se encontraban apunto de entrar, revisaran sus bolsas y desempacaran cualquier producto de esta índole que les impidiera entrar.
Atravieso la estrecha calle, es curioso ver una doble calzada en un espacio ocupado por tanta gente, con tanta curva, tan estrecho y en tan malas condiciones; observo cada uno de los negocios y todos están completamente llenos, son llamados los Kioscos, de Coca-Cola y de Postobón.
En el Kiosco azul de Postobón, me encuentro con Martha, Cecilia y Mónica, quienes me cuentan los trajines de cada semana.
Martha inicia contando que compró un ficho en $10.000 para poder ingresar más temprano, fichos vendidos por personas que hacen la fila desde las 10: 00 pm de la noche anterior, les pregunto sobre los controles por los cuales deben de pasar, y todas al mismo tiempo hablan, todas lo cuentan de manera similar, se emocionan y se interrumpen entre ambas. Mónica toma la vocería y cuenta que son siete sellos los que le ponen en todo el recorrido; el primero corresponde al ficho de ingreso.
Espere la continuación en pocos días...

domingo 17 de mayo de 2009

Carlos Mario Correa, la llave de El Espectador.


“Lo interesante no importa y lo importante no es interesante”: Carlos Mario Correa.

Batalló solo contra las amenazas de Pablo Escobar al periódico El Espectador, huyó de la muerte pero la vio de frente, se escondió pero no calló, cerró puertas pero no el periódico, no firmó pero escribió y nunca les faltó a la verdad a los lectores que buscaban la forma de leer la realidad de Medellín a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, aunque tocara leerlo entre las páginas de otro periódico.
Aún tiene las llaves del periódico y sus recuerdos intactos, los cuenta con la pasión del caso, esa misma que lo condujo a no desfallecer en el periodismo que le enseñaron en la Universidad de Antioquia. Contó con la fortuna de ejercer en el periódico que lo enamoró, ese que llamaban los grandes reporteros de los años cincuenta “el mejor periódico del mundo”.
Carlos Mario Correo, vio, contó y protagonizó la historia de El Espectador en Medellín a sus veintidós años, en el periódico con un letrero de cinco metros lo cautivó en su época de estudiante o como incógnito en un apartamento del centro, mantuvo siempre su pasión por escribir en el medio de la familia Cano.
El miedo que no tuvo cuando hacía parte del “pasquín” que le incomodaba a Pablo Escobar, o en el momento en que un sicario estuvo a punto de matarlo, cuando compraba sagradamente su ejemplar de El Espectador y que no dejó de hacerlo, lo tuvo a la hora de publicar su libro Las llaves del periódico, porque sin ser el que más sabe del tema, ni ser famoso, consideraba prudente publicar un libro con intenciones periodistas en donde sólo es interesante su experiencia, por lo tanto la pena y el pudor lo frenaron antes de decidirse por publicar un libro de tales características, en las que por lo general para poder ser catalogado como periodístico debe ser escrito en tercera persona.
Es ahí donde Marco Antonio Mejía entra como coautor, o mejor como confidente del Periodista, quien lo utilizó para avalar la historia y pudiera ser de tal modo un experimento en el género testimonial, algo fuera de lo común de los relatos de un secuestrado, además el contaba con su profesión con gusto por el periodismo narrativo o de crónica, decidió adicionarle contenido documental y testimonial, donde hay un personaje que hace visible al protagonista que certifica lo que narra.
Fue Héctor Abad Faciolince quien lo animó a publicar la historia del Periodista, incluso aceleró el proceso, puesto que el libro de Correa y Mejía llevaba algo más de un año en la Editorial de EAFIT. Para Faciolince la crónica valía la pena y le aconsejó no caer en la que para él es la peor autocensura: la del pudor.
Carlos Mario Correa se sentó de nuevo en uno de los pupitres de la Universidad de Antioquia, donde dio cátedra durante años, y así a las dos en punto del día acordado, ya estaba en el salón correspondiente para compartir su historia y sus experiencias en el periodismo, siendo la excusa ideal su libro de ciento treinta y nueve páginas publicado en abril de dos mil ocho Las llaves del periódico, como un fragmento de la historia de El Espectador.

Reseña de El Espectador
El Espectador de ayer fue la escuela más importante del periodismo en Colombia.Allí se aprendía a hacer periodismo haciendo periodismo, era un periódico que pertenecía a una familia que lo dio todo por el periodismo, que incluso perdió su máximo líder en la causa de develar la verdad. A los Cano, Carlos Mario Correa los ve con completa gratitud, porque valoraban el quehacer periodístico.
Incluso el periódico tenía claridad sobre el concepto de ser una prensa nacional, que debía mostrar lo que sucedía en los treinta y dos departamentos del país, con periodistas en todas las regiones para mostrar sus historias con sus particularidades y no decir ser un diario nacional porque se vendía en toda Colombia pero era hecho en Bogotá, tampoco el periódico donde se hizo como periodista necesitó de una Unidad Investigativa como la de El Tiempo, El Espectador comprendió que el periodismo debía ser como sinónimo de investigación y cada artículo se verificaba, además contaba con comprobaciones, documentos y certificaciones que le brindaba credibilidad en el resto del mundo occidental, en temas espinosos que se propuso cubrir y que otros medios decidieron no mencionarlos.
Los veinte periodistas, entre ellos Guillermo Cano, que pagaron con la vida hacer parte del periódico y denunciar a aquellos que los otros medios no se atrevían, narcotraficantes sumamente peligrosos que cobraron esas publicaciones con la masacre del periodismo colombiano, que transfirió el miedo incluso a anunciantes del periódico pues tenían temor de convertirse en objetivo militar por sus propagandas que salían en este diario.
Él cuenta también, en forma de anécdota -pero admitiendo la irresponsabilidad de la época- cuando mandaba un artículo a la redacción de El Espectador en Bogotá, lo modificaban por el rencor y la rabia que tenían con Pablo Escobar.
Ahora con desilusión y franqueza, Carlos Mario Correa critica el nuevo rumbo de El Espectador, donde “la opinión es noticia” irrespetando la tradición moderna del periodismo de más de ciento cincuenta años, acabando con los reporteros y plagando sus páginas de columnas de opinión, lo que es más económico para el medio, que enviar un equipo periodístico a investigar donde esté la noticia. “Los opinadores son como parásitos de los corresponsales que leen a diario el periódico y después van y opinan”.
Los nuevos dueños de El Espectador no sabían lo que había hecho él por el periódico y fue despedido igual que los demás, en ese sentido el esfuerzo y el crecimiento para Carlos Mario Correa fue más personal que cualquier otro motivo.
Y ¿cómo terminó El Espectador?: los Cano fueron derrotados al entregar un periódico de ciento veinte años a un grupo económico, ahí perdieron el tiempo. Entregaron un patrimonio cultural e histórico de Colombia, que se lo hubieran vendido a una familia de periodistas, sería más pasable que a un grupo económico como lo es el Santo Domingo.

Clase de periodismo
Para el periodismo es indispensable tener en cuenta lo que Correa llama los cinco “con”: contactar, conocer, contrastar, confirmar y contar.
El qué se cuenta, pues el gran tema del periodismo es la muerte, y más la muerte violenta, como en la novela el tema principal es el amor. Siendo así para Correa lo hipotético es, si en Colombia hay guerra por qué no hay corresponsales de guerra.
“El periodista en Colombia ha dejado de ser intelectual”, afirma, y añade que la confianza en internet como un dios, es terrible para el periodismo, por lo tanto hay que seguir estudiando, saber de historia y de todos los temas, es decir ejercer la labor por convicción.
El periodismo busca la verdad periodística, no la jurídica, trabajando a partir de versiones y verdades individuales conseguidas a través de la entrevista y si logro comprobar que esto es mío estoy siendo más objetivo.

El libro

Lenguaje y Géneros: ¿aún existen las llaves físicas?
Carlos Mario Correa: Ah sí, claro. Tengo las cinco llaves, No tienen nada de curioso, son llaves normales pero para mí eso es lo bonito del libro, porque es muy metafórico, esas llaves tienen su razón de ser y el que termine de leer el libro comprende por qué.

LG: Entraste a El Espectador engañado, ¿si hubieras sabido la situación de peligro que se corría por estar en El Espectador lo hubieras hecho?
CMC: No hubiera entrado, aunque necesitaba el trabajo, hubiera sido muy difícil asumirlo, cualquiera de ustedes por más necesitado que esté no lo recibe, porque sabe que no, que no puede. Y lo que yo más he visto es que la gente no lo asume y busca otro trabajo así no sea en periodismo.

LG: El episodio con el ‘Chopo’, jefe de sicarios de Pablo Escobar encargado de matar lo que oliera a El Espectador le dan de baja en el mismo edificio donde usted vivía de incognito. Recréanos la escena.
CMC: Yo a él lo había visto tres o cuatro veces en el ascensor, pero no sabía quién era él y no sé si él sabía quién era yo, pero nos saludábamos como es común en un ascensor. Yo supe que él era el ‘Chopo’ cuando me lo mostraron muerto, el policía me dijo: tómele fotos, hable de él. Yo vi al tipo ensangrentado y baleado, pero en el momento que le vi la cara, supe que lo había visto por lo menos hacía una semana. Yo sí sabía que había un tipo que le decían el ‘Chopo’ y era el más peligroso de los sicarios de Pablo Escobar; él era el que decía cuanto valía matar a un policía en Medellín, tenía la gente para armar los carros bomba, todo un genio de la muerte.

LG: ¿El Espectador recuerda su historia?
CMC: Yo creo que no, el único medio que no reseñó el libro fue El Espectador. O sea que no hay memoria de nada. Nosotros no sabemos quién es quién, no se le reconoce nada a nadie. Yo supongo que el único de los Cano en El Espectador es un sobrino de Guillermo Cano, pero creo que ignoran por completo quién soy yo. Pero por ejemplo Marisol Cano hizo la presentación de este libro en Bogotá. (Las llaves del periódico).

“El miedo provoca que uno se arriesgue” y quizá le atribuye ese riesgo a la juventud, pero ahora acepta que a medida que se crece, más miedo se tiene, por los arraigos al dinero y a la familia. “Era una cosa irracional, yo ya no haría una cosa así”, concluye Carlos Mario Correa.
No sólo se sabía la historia de todos los apodos de los hombres del Cartel de Medellín, también estaba al tanto de los más mínimos detalles de la Selección Colombia que entrenaba en Medellín. Maturana le hablaba en cualquier momento, pero Correa no vio recompensado su esfuerzo y calidez con los jugadores, cuando la selección fue al Mundial de Fútbol, pero quienes cubrieron el encuentro deportivo fueron los editores de Bogotá y su premio de consolación fue una Copa América.
Carlos Mario Correa conserva más de cincuenta casetes y libretas de apuntes con crónicas incompletas, guarda junto a sus recuerdo ser el único periodista que narró y desafió al miedo auspiciado por el narcotráfico, pero que nunca extravió Las llaves del periódico.

viernes 1 de mayo de 2009

Encapuchados en la U. Distrital

La intención mediática encapuchada

La entonces senadora del partido de La U, Gina Parody, decidió hacer el debate sobre la seguridad en Bogotá en los medios de comunicación, de esta manera encapuchó su intención de crítica a Samuel Moreno y la discusión se trasladó a las universidades en especial públicas, mientras los periodistas se dedicaban a ver videos en you tube sin cuestionar la verdadera intención de la senadora, quien logró convencer y descrestar a los medios con su “descubrimiento”. La prensa con su complacencia atemorizó toda la ciudad, cumpliendo a cabalidad el cometido de Parody, los medios machacaron el tama hasta la saciedad.
Así fue la respuesta a la noticia principalmente en la sección de opinión de los periódicos El Espectador, El Tiempo y El Colombiano.

Periódico El Espectador.

“¿Dónde están los encapuchados?”, pregunta hecha por Carlos Ossa, en la columna del 31 de octubre de 2008, para aludir al boom noticioso que desencadenó Parody por la denuncia de encapuchados en la Universidad Distrital, pero el silencio en otros casos. En los siguientes términos se refiere Ossa a lo sucedido: “frente al espectáculo de un policía encapuchado, como lo reveló la televisión extranjera y lo reconoció el Gobierno Nacional, disparando contra la marcha de los indígenas, con la complicidad de un pelotón, en evidente actitud violenta, debemos expresar nuestra sorpresa por el silencio de estos defensores de las instituciones y la democracia.”
La carga moral de El Espectador fue tal que permite la publicación al rector de la Universidad Distrital de una serie de columnas, para hacer de la opinión noticia y tratar de equilibrar la balanza, pero no le dieron el peso ni la trascendencia obtenida por la Senadora Gina Parody.
Pese a la defensa de Carlos Ossa, esté quedó sucio con la tinta de todos los periodistas mal intencionados que le dieron garrote durante semanas por este medio, pero como si se hubieran confesado el 19 de septiembre, para ser absorbidos todos sus pecados y cumplir la penitencia, hacen una editorial aceptando el exagerado cubrimiento a la intenciones de Parody.
Para El Espectador de un momento a otro las capuchas dejaron de ser amenazantes y propias de guerrillas, a ser como lo dijo Ossa desde el principio, una forma para no quedar “señalados y perseguidos”, incluso cuando se dijo que quienes habían filmado los videos también eran encapuchados. Hasta ese momento se enteraron del sin sentido que logró poner Gina Parody en la agenda mediática.
Sólo hasta ese instante El Espectador acepta su desmesurado protagonismo al tema de la “presunta inseguridad” en Bogotá, bajo la dirección de Samuel Moreno y que se terminó convirtiendo en una excusa para politizar el tema de las capuchas en las universidades, que de por si no era novedoso, pero si era interesante y cómico a los ojos de los medios.
El Espectador con este tema empezaba a decolorarse, lindando con el amarillismo cuando titularon “Ossa descubrió un encapuchado” para publicar una serie de fotos en su portal web del rector de la Universidad Distrital hurgándose la nariz. Las fotos acompañadas de sus respectivos pies de fotos, no son las más respetuosas, aludiendo que Ossa es uno de los encapuchados y que encontró a otro en sus cavidades nasales.
“Una verdadera estupidez de El Espectador, que falta de respeto con los que leemos aquí. Con esto muestran demasiada incompetencia señores. Definitivamente no hay periodismo en este país, que lastima.”, opinión de “Amazonas”, forista de el periódico.


Periódico El Tiempo.

El medio auspiciando los intereses de Parody, encapuchados en unos videos nada trascendentales, pero que contaban con la presencia del rector de la Universidad Distrital, motivo suficiente para inflar el escándalo noticioso, que sólo pudo desvanecerse por el mismo desgaste mediático que llenó hojas enteras de declaraciones, pero que a Carlos Ossa solamente le correspondieron una cuantas columnas.
En una de sus columnas Ossa afirmó que el propósito de los videos era la estigmatización o deslegitimación de la universidad pública y por ahí derecho al rector, militante del Polo Democrático al igual que el alcalde Samuel Moreno a quien en principio iba dirigido el debate.
Entre los columnistas del periódico nacional de mayor circulación, predomina la infamia, insultos desmedidos y discursos flojos, hasta errores en la información más primaria para poder escribir sobre el tema.
El factor común es la relación de estas arengas con las FARC, cuando el rector defiende la capucha para no ser señalado al expresar consignas políticas, aunque aclara “sería torpe desconocer que las universidades, están en la mira de los grupos extremistas de derecha e izquierda para recoger adeptos”.
Hugo Acero Velásquez habla de los encapuchados como el “Movimiento Bolivariano de las FARC” cuando en los mismos videos estos se presentaban como el Movimiento Juvenil Bolivariano, lo que indica una intención clara de deslegitimación al discurso, de desinformación para sus lectores, aparte de su desinterés por ver unos videos de 4 minutos para poder tener la autoridad de escribir sobre el tema.
El tema digno de la editorial del 11 de septiembre y de garrote durante varias semanas por parte de los columnistas, sólo fue difuminado con columnas escritas por profesores y rectores de las universidades, pero ninguno recogió una reportería con perspectivas desde las universidades.
Salud Hernández colabora al irrespeto y escritura marrullera al decir “uno de ellos toma fotos, quién sabe con que intención”. Refiriéndose a un encapuchado con “actitud guerrillera” que está a nivel de matones y terroristas de película.
También calumnia a Ossa sin argumentos y adicionándole palabras a la alocución de quien rige la Universidad Distrital, haciéndolo en tono burlón y grosero, lo que ratifica y explica la posición del rector “ya se quiere penalizar la protesta o cualquier pronunciamiento se interpreta como si fuera de las FARC” y agrega que tales percepciones fuera de ser “dañinas demuestran la intolerancia en el país.”
Hernández culmina su columna con una contradicción avalando la tirada de piedra, incluso los grafitis ensalzando a Tirofijo.

Periódico El Colombiano

Tu tienes la palabra, slogan de El Colombiano para hacer de esté un medio participativo, pero que en temas como el de la presunta infiltración de grupos ilegales en las universidades, se limita a información suministrada por agencias de prensa sin reportería para ampliarla y difundirla.
Se contentan con lo que llega a ellos, y eso mismo le brindan al lector, el trabajo lo hace Colprensa, negándole así a muchas personas la palabra.
No se trasciende en la noticia, El Colombiano al igual que otros medio presentaron el 17 de septiembre, en medio del debate de la capuchas, una denuncia hecha por el D.A.S. con respecto a la presunta forma cómo los grupos guerrilleros liderados por Iván Márquez reclutan alumnos tanto en las universidades como en el bachillerato, para hacer proselitismo.
A El Colombiano le bastó con lo presentado por la entonces directora del D.A.S. María Pilar Hurtado, cuando se mencionó a la Universidad de Antioquia entre otras instituciones, como centros donde ya tenían alumnos al servicio de los grupos guerrilleros, pero no se tomaron la molestia de consultar fuentes de la institución de educación superior.
El periódico netamente antioqueño, fue visiblemente amedrentado tras las declaraciones de Parody en los medios capitalinos, que sirvieron de cómplices, El Colombiano sufrió del mismo síndrome de temor y pánico que invadió a tantas familias.
Llega a desconfiar de los mismos educadores, poniendo en tela de juicio a todo aquel relacionado con los claustros universitarios, coincidiendo así con el deseo del ex fiscal Jorge Iván Piedrahita y otros dos funcionarios judiciales que pretendían revisar las bases de datos de las universidades para encontrar los focos subversivos, pero tal decisión más tarde les costaría el puesto por ser una decisión “absurda y delincuencial” como fue calificada por el fiscal general de la Nación.
“El problema debe despertar preocupación, examen serio y asunción de responsabilidades en las comunidades educativas. ¿Han sido muy laxas en la admisión de aspirantes a ingreso y no han aplicado mínimos controles para evitar que se cuelen indeseables? ¿Han sido indiferentes ante las advertencias sobre riesgo de usurpación del medio académico por falsos estudiantes o profesores camuflados? ¿Acaso han dejado de actuar y han sido complacientes, por miedo a eventuales amenazas, presiones o retaliaciones de los violentos? Con este talante el diario se escandaliza y teme a las universidades, dudando y criticando la manera como estas están desarrollando su laboral de educación, académica y ética, al igual que el proceso de admisión.

Gina Parody le habló al oído a los medios y reclutó a sus periodistas para sus intenciones de desacreditar en principio el gobierno de Samuel Moreno en materia de seguridad, pero terminó ensañándose con el rector de la Universidad Distrital, Carlos Ossa y estigmatizando los claustros universitarios, en especial los públicos.

viernes 24 de abril de 2009

Piques en Medellín

Si su pasión son los carros, su gusto es tuniarlos, y cuando maneja uno desea no despegar el pie del acelerador, usted tiene gasolina en las venas y por lo tanto debe escuchar esta crónica sobre los PIQUES clandestinos en la ciudad de Medellín.

viernes 10 de abril de 2009

Las cifras no tienen miedo, la ciudad si.

“Ellos buscan limpiar un país con la violencia pero a ellos quién les limpia esa pútrida conciencia” reza una canción de Jonhie all stars

A la gente unos panfletos le tatuaron el miedo y le pisotearon la esperanza. La tasa de homicidios va en aumento y el temor de los habitantes de las comunas periféricas crece a medida que titulares de periódicos y noticieros reseñan una muerte violenta más en la ciudad de Medellín, con sus únicos culpables: los don señores de la cocaína.
Ya los don del narcotráfico no se soportan, quieren el dominio de las plazas de vicio a como de lugar y el poder que tengan que utilizar. Ya el negocio no da para tanta gente y se están matando entre si, hay tantos por extraditar que los comandantes de la policía deben hacer un curso de memoria para recordar sus alias, el de mnemotecnia no sirve porque todos son parecidos; malvados y barrigones.
La percepción en seguridad varía de persona a persona, en cambio las cifras sobre seguridad las cambian. A los habitantes del Popular 1 no les pueden negar que de nuevo los muchachos se andan enfrentando y matando unos a otros, aun los jóvenes criados en las laderas de la ciudad no han olvidado el afán por dinero y tampoco han quitado las ganas de los tenis Nike, y entre gatillos, extorsiones y vicio los matones a sueldo consiguen como ganar el dinero fácil y darse los excéntricos gustos.
En la ciudad se han vuelto a ver muchachos en sus motos de más de ciento veinticinco centímetros cúbicos como endemoniados, pasando entre buses, carros y peatones, nada ni nadie los pueden detener, con su identidad tapada por un casco que impide ver sus ojos rojos y el ceño fruncido de la rabia y con odio manejan hasta su destino, como practicando cuando les toque fugarse luego de dar de baja al indicado.
Se han hecho un poco más comunes ver jóvenes con caras non sanctas, sus rostros con algunas señales de sufrimiento, otros con cicatrices y ojos cubiertos por unas aparentes gafas oscuras los delatan, y más cuando van manejando en barrios periféricos de la ciudad unas camionetas último modelo con buen equipo de sonido.
A quienes viven en la comuna 13 nos les pueden ocultar los “muñecos” aparecidos en las calles en los últimos días, así que a ellos no les hablen de cifras, ven el miedo tatuado por los panfletos amenazantes, lo sienten en cada tiroteo, lo huelen en la sangre de cada muerto y en el vicio que tiran los muchachos en la esquina, por lo tanto su verdad es la que sienten y perciben en su casa, su barrio y su ciudad, no la de las cifras que muestra una realidad que no les toca su puerta, para poder vivir con tranquilidad.
La seguridad ciudadana al parecer se fue al traste, a muchos ahora les atemoriza la noche, las mujeres amarran el bolso con más fuerza por miedo que les roben, ya las madres titubean para dejar salir a sus hijos a la calle, porque les da miedo que cojan las sendas del mal o caigan en uno de esos tiroteos y enfrentamientos y terminen sindicados: “si lo mataron entonces no era ningún santico”.
Este renacer de la violencia se le atribuye a la llamada “oficina de Envigado” cuando ni siquiera pertenece a ese municipio del sur del Valle de Aburra, por eso algunas personas optan por denominarla “la oficina” así, a secas. La oficina de cobro de extorsiones, trabajos sucios y venta de estupefacientes se alborotó y ahora es el dolor de cabeza de más de uno en la ciudad. Quieren tener más terreno, pero su patrón don Berna y no está libres, por tal los amigos del narcoterrorismo están desamparados en medio de una lucha por poder en la organización y por territorio contra otras bandas de distintos don señores de la cocaína.
Las autoridades municipales han denominado a este fenómeno “reacomodamiento de combos”. Jesús María Ramírez, secretario de gobierno de Medellín, ha dicho que son alrededor de ciento cincuenta bandas que ya están totalmente identificadas y que cada uno tiene entre cinco y quince hombres, entonces haciendo un calculo aproximado de diez hombres por combo son alrededor de mil quinientas personas metidas en el bajo mundo del sicariato y el narcoterrorismo, algunos de ellos desmovilizados. Ana María Cano en la crónica Los ángeles exterminadores de Medellín hace referencia a un censo militar hecho en la ciudad en 1989, época de terror y sangre en la ciudad, el cual arroja como cifra a tres mil jóvenes metidos en las bandas delincuenciales, el doble que veinte años después.
Así que entre percepciones empíricas, sentimientos y cifras la historia parece repetirse una y otra vez, las retaliaciones, venganzas y odios que al parecer- dicen unos- el patrón no dio autorización para ejecutar, mientras otros se oponen a tal hipótesis optan por buscar solución porque a Medellín no vuelve la violencia se arman de valor sin callar para enfrentar el miedo y evitar que esos señores del sicariato y el narcotráfico hagan retroceder a Medellín a la época de Pablo Escobar, el capo de capo de capos, robándole la esperanza y la transformación que ha tenido la ciudad.