Bienvenidos al tour dominical en bellavista
Primera parada: el gallinero
Así es llamado por todas las mujeres que cada domingo están aquí, Cecilia lo define como un galpón o laberinto enrejado donde todas las mujeres hacen una fila india de más de cinco cuadras para llegar al puesto de control donde indica para donde va, y se le revisan los documentos y la huella digital. “En esta etapa se pueden demorar hasta dos horas, pues la requisa es muy lenta”, afirman Don Javier que se encuentra atentamente escuchando nuestra conversación interrumpe a las mujeres diciendo, “yo mas de una vez no he podido pasar del gallinero, yo trabajo en la construcción hace mas de treinta años y por las herramientas que manejo y el trabajo tan duro la huella digital ya no me da con la de la cedula, mientras me mostraba sus manos toscas, sucias y maltrechas por el trabajo”.
Segunda parada: los perros
Después de que los documentos son rectificados y la huella digital de la persona corresponde a la de la cedula, pasan a la requisa de los perros, donde sentadas en varias sillas son rodeadas por perros entrenados para identificar cualquier tipo de droga o implemento prohibido de ingresar.
Tercera parada: revisión de la comida
Aunque estas tres mujeres y Don Javier, afirman que es el más rápido de todos los controles, es uno de los que mas sufren, pues dependiendo los productos que entraron en la última visita se imponen las restricciones para esta.
Cecilia afirma que cada semana cuando frita algún pedazo de carne, prefiere guardarlo para llevárselo a su hijo, así sea que coma sólo arroz, o en los mejores casos arroz con huevo. Mónica apoya la idea pero cuenta que es muy triste ver como los esfuerzos que hacen ellas para traer las mejores comidas, nunca pueden llegar al destino final, pues según las restricciones la mayoría son botados en grandes baldes y delante de ellas. “igual nada se puede hacer, lo único que lo reconforta a uno es saber que ya casi está coronando, que ya casi vera a su ser querido”, dice Martha.
Cuarta parada: las sillas
“Ahí llegamos para ser sentadas en sillas que detectan cualquier objeto metálico que uno lleva”, afirma Cecilia y continua, “por ejemplo si usted lleva una moneda o cualquier cosa metálica le pita, las guardianas la requisan para saber usted que lleva o la devuelven de una, perdiendo las tres horas de fila y de recorrido que ya uno lleva”.
Quinta parada: el sello invisible.
¿Sello invisible? Me preguntaba mentalmente, mientras que continuaba escuchando a las mujeres. “Si es un sello que le ponen a uno que no se ve”, decía Martha, “es para que ningún preso se vuele disfrazado de mujer”.
Al escuchar todo esto me preguntaba… ¿si hay tantas requisas como es que entran computadores, dinero, celulares, droga y hasta alcohol?, cuando una de las mujeres me respondió.
“La cárcel bellavista no se debe de llamar así, se debería de llamar, centro vacacional o san Andresito Bellavista. Usted allá puede comprar y vender de todo, desde un colchón o una camisa, hasta un ron un aguardiente, una cerveza, una simcard, un celular, un arma, la droga que a usted le antoje. Por eso es que ellos no salen resocializados porque ellos allá viven muy bueno están es como de vacaciones, las que sufrimos somos nosotras que tenemos que traer en cada visita mínimo 100.000 para que no los maten o para saldar cuentas, o consignar en la cuenta del INPEC hasta 500.000 mensuales”
Y ¿cómo entran la plata sabiendo que está prohibido?
Las tres soltaron una carcajada, me preguntaba el por qué de la risa, hasta que Cecilia me dijo en un tono más bajo, “pues donde más, en la vagina, allá uno puede meter de todo. Un día una niña que iba delante de mi había pasado todos los controles y cuando llego a las sillas eso no dejaba de pitar, después de que las guardianas la presionaron para que respondiera que llevaba, la muy descarada respondió: una granada” contaba Cecilia entusiasmada mientras todas se reían. Concluyó diciendo que se había enterado que esa niña estaba pagando veinticinco años de prisión por terrorismo en la cárcel del Buen Pastor.
Abrumada por el ruido de todas las mujeres que se encontraban en el lugar y sorprendida por la tranquilidad en que contaban sus anécdotas, me dirijo al kiosco rojo, en el ambiente se sentía ruidos por doquier, me senté a observar un poco los movimientos de algunos sujetos mientras escuchaba atentamente un diálogo que sostenían seis hombres y dos mujeres, a cada mujer se les paga 70.000 por entrar un paquete, “esas son llamadas las cargueras”, me decía una joven que se encontraba a mi lado. Continúe observando mientras que uno de los sujetos reempacaba varias comidas, entre ellas un “hogao”, bastante aguado. El olor a comida era ya asfixiante. Fritos, ensaladas, y comidas difícilmente descriptibles eran lo que acomodaban en seis grandes bolsas transparentes, varias camionetas, taxis, motos y demás vehículos, paraban ahí a dejar encomiendas. Me preguntaba que había ahí y por qué tanto secreteo entre todos. Las mujeres se movían de un lado a otro, se reían, fumaban, y en cada frase que decían habían un “hijueputa”, “pirobo”, “malparido”, de por medio.
Finalmente consiguieron otras cuatro mujeres para que entraran las bolsas restantes. A estas últimas se les pagó 50.000, y acordaron que si una no podía pasar debía de dejar una de las bolsas del paquete grande que llevaban visible para que la segunda tratara de hacerlo y así sucesivamente; “el fin es que pasen la mayoría, ya que ayer no pudimos nosotros entrarlas hoy les toca a ustedes”, dijo uno de los sujetos entregando las bolsas. Y agregó, “la Johana como que no pudo, por ahí la vi gritando y tirando el paquete por la primera reja. La maricona no hacia sino gritar”, “hoy no se puede entrar cosméticos”, le dio culillo hacerlo cuando escuché esto, me percaté que era la joven que había visto horas antes tirando la cosmetiquera por una reja. ¿Qué llevaba entonces ahí? Y ¿Por qué no decidió entrarla?
La joven que estaba a mi lado, me dice: “así se mueve esto cada domingo”.
Y ¿usted a quién viene a visitar?, le pregunto
Vengo a visitar a mi papá y a mi hermano, están aquí por tráfico de drogas, llevan dos años pero aún no han sido condenados…el diálogo fue interrumpido cuando el celular le sonó en varias oportunidades, colgó y me dice:”era mi papá y después mi hermano, están ya desesperados porque no he entrado…”
¿Papá?, ¿hermano?, como así. ¿No están ellos adentro en la cárcel?
Continuó, “no me dejan tranquila me llaman cada segundo. Si desayuné, almorcé, comí, si estoy rumbeando me llaman hasta que llegue a la casa. Me protegen mucho pero no los culpo, lo que pasa es que yo tengo toda mi familia en la cárcel, aquí a mi papá y a mi hermano y en el Buen Pastor a mi mamá y a la empleada de servicio. Todos cayeron por nexos con familiares narcos, yo fui la única que me salvé porque me encontraba estudiando en otra parte”
Al escuchar ésta historia, me inquieté por saber más detalles y después de un diálogo más abierto me enteré, que pertenecía a una familia muy pudiente, que la celda para su papá y su hermano con una cama doble, televisor, un pequeño radio y un armario improvisado le había costado cuatro millones de pesos. Que había pagado 70.000 a un guarda para que le ingresara un celular Motorola V3 que después fue robado al interior de la cárcel a sus familiares y que ahora estos pagan por el alquiler del mismo las horas que quieran y que tienen computador portátil.
Después de escuchar esta historia puedo comprender por qué la señora de la fila decía que no se debía llamar cárcel sino centro vacacional o san Andresito Bellavista.
Suena de nuevo el celular… cuelga y me dice, mi papá ya me confirmó que sí hay visita, que ya entraron los primeros…y le pregunto ¿había posibilidades de que no hubiera visita? Me responde: ”es que ayer hubo como que una fuga, por eso cancelaron las visitas… al escuchar esto recuerdo porque el sujeto que repartía las bolsas que iban a ingresar las seis mujeres por 50.000 y 70.000 decía que hoy si tenían que ingresarlas ellas... porque el día anterior ellos no habían podido.
Y ¿quién se voló?, le pregunté
“Según mi papá mataron a uno allá adentro y mientras entraban los de criminalística por el muñeco uno de los presos se disfrazó y salió muy campante por la portería central”.
Cuando la joven contaba esto, fue interrumpida por Don Javier, no sabía que estaba siguiendo mis pasos, con una cerveza ya por terminar dijo: “yo estuve ahí, ya casi iba a entrar pero cuando no dio el conteo dijeron que las visitas estaban canceladas, de inmediato todos nos enojamos… ¿no ve que esta es la última vez que van a dejar ingresar comida en abundancia? Es que a los presos no les importa la visita a ellos los que le importa es la comida, con esa cochinada de la comida del bongo, ¿usted sabe cómo es esa comida?” Me interpelaba mientras lo escuchaba con atención. De inmediato, continuó, “todos empezamos a tirar piedras y llegaron los antimotines a tirarnos gases lacrimógenos, las guardas desde la cárcel nos apuntaban con fusiles…” contaba emocionado, mientras acababa el último trago de cerveza que le quedaba.
“La joven añadió, así pasa cada domingo…esto no es nada… ya nos hemos acostumbrados…”
Un grito interrumpió la amena conversación:”no hay mas visitas, señoras, no hay mas visitas” de inmediato la joven salió a correr, pues su encuentro con sus familiares podría ser cancelado. Desaparece entre la multitud con dos bolsas tranparentes, llenas de comida.
Me quedo en el lugar observando a las que van entrando, el grupo de las cuatro mujeres, horas mas tarde a la del ficho 5039, a Martha, a Cecilia y Mónica, a las seis cargueras… todas están emocionadas y sus rostros reflejan alegría y tranquilidad.
Tres horas más tarde, Mónica sale, le pregunto sobre el porque llegó tan rápido, y me dice que no paso el control de las sillas, con lagrimas en los ojos, me jura que no lleva nada raro…mientras saca de una monedera 20.000 en billetes de 1.000 y 2.000… “me tocará pagar para que me entren la comida, es preferible eso a que se pierda”, me quedo sin saber que decirle, paga, entrega la bolsa y desparece del lugar.
Horas mas tarde empiezan a salir las demás, varias comerciantes las esperan a la salida, ofreciendo trozos de algodón con alcohol, paraqué limpien los siete sellos que les fueron puestos en cada uno de los controles.
Poco a poco van desapareciendo, me decido a partir, observando varios rostros, las cargueras salen celebrando, lo que me lleva a pensar que la mercancía llego al destino final, otras más salen tristes, lloran… pero salen en silencio. El ruido de la expectativa y la emoción propias de la mañana desaparecen y es transformado por un silencio abrumador.
Tomo de nuevo el bus, y conmigo seis mujeres más, llevan sus bolsas transparentes ya vacías, ninguna habla ni comenta nada, sólo hay silencio… se ven tranquilas por haber cumplido con el ya acostumbrado tour de cada domingo.
Me alejo del lugar no sin antes leer un letrero algo borroso con dos manos entrelazadas:
Bienvenidos: en Bellavista armonizamos la paz.
Primera parada: el gallinero
Así es llamado por todas las mujeres que cada domingo están aquí, Cecilia lo define como un galpón o laberinto enrejado donde todas las mujeres hacen una fila india de más de cinco cuadras para llegar al puesto de control donde indica para donde va, y se le revisan los documentos y la huella digital. “En esta etapa se pueden demorar hasta dos horas, pues la requisa es muy lenta”, afirman Don Javier que se encuentra atentamente escuchando nuestra conversación interrumpe a las mujeres diciendo, “yo mas de una vez no he podido pasar del gallinero, yo trabajo en la construcción hace mas de treinta años y por las herramientas que manejo y el trabajo tan duro la huella digital ya no me da con la de la cedula, mientras me mostraba sus manos toscas, sucias y maltrechas por el trabajo”.
Segunda parada: los perros
Después de que los documentos son rectificados y la huella digital de la persona corresponde a la de la cedula, pasan a la requisa de los perros, donde sentadas en varias sillas son rodeadas por perros entrenados para identificar cualquier tipo de droga o implemento prohibido de ingresar.
Tercera parada: revisión de la comida
Aunque estas tres mujeres y Don Javier, afirman que es el más rápido de todos los controles, es uno de los que mas sufren, pues dependiendo los productos que entraron en la última visita se imponen las restricciones para esta.
Cecilia afirma que cada semana cuando frita algún pedazo de carne, prefiere guardarlo para llevárselo a su hijo, así sea que coma sólo arroz, o en los mejores casos arroz con huevo. Mónica apoya la idea pero cuenta que es muy triste ver como los esfuerzos que hacen ellas para traer las mejores comidas, nunca pueden llegar al destino final, pues según las restricciones la mayoría son botados en grandes baldes y delante de ellas. “igual nada se puede hacer, lo único que lo reconforta a uno es saber que ya casi está coronando, que ya casi vera a su ser querido”, dice Martha.
Cuarta parada: las sillas
“Ahí llegamos para ser sentadas en sillas que detectan cualquier objeto metálico que uno lleva”, afirma Cecilia y continua, “por ejemplo si usted lleva una moneda o cualquier cosa metálica le pita, las guardianas la requisan para saber usted que lleva o la devuelven de una, perdiendo las tres horas de fila y de recorrido que ya uno lleva”.
Quinta parada: el sello invisible.
¿Sello invisible? Me preguntaba mentalmente, mientras que continuaba escuchando a las mujeres. “Si es un sello que le ponen a uno que no se ve”, decía Martha, “es para que ningún preso se vuele disfrazado de mujer”.
Al escuchar todo esto me preguntaba… ¿si hay tantas requisas como es que entran computadores, dinero, celulares, droga y hasta alcohol?, cuando una de las mujeres me respondió.
“La cárcel bellavista no se debe de llamar así, se debería de llamar, centro vacacional o san Andresito Bellavista. Usted allá puede comprar y vender de todo, desde un colchón o una camisa, hasta un ron un aguardiente, una cerveza, una simcard, un celular, un arma, la droga que a usted le antoje. Por eso es que ellos no salen resocializados porque ellos allá viven muy bueno están es como de vacaciones, las que sufrimos somos nosotras que tenemos que traer en cada visita mínimo 100.000 para que no los maten o para saldar cuentas, o consignar en la cuenta del INPEC hasta 500.000 mensuales”
Y ¿cómo entran la plata sabiendo que está prohibido?
Las tres soltaron una carcajada, me preguntaba el por qué de la risa, hasta que Cecilia me dijo en un tono más bajo, “pues donde más, en la vagina, allá uno puede meter de todo. Un día una niña que iba delante de mi había pasado todos los controles y cuando llego a las sillas eso no dejaba de pitar, después de que las guardianas la presionaron para que respondiera que llevaba, la muy descarada respondió: una granada” contaba Cecilia entusiasmada mientras todas se reían. Concluyó diciendo que se había enterado que esa niña estaba pagando veinticinco años de prisión por terrorismo en la cárcel del Buen Pastor.
Abrumada por el ruido de todas las mujeres que se encontraban en el lugar y sorprendida por la tranquilidad en que contaban sus anécdotas, me dirijo al kiosco rojo, en el ambiente se sentía ruidos por doquier, me senté a observar un poco los movimientos de algunos sujetos mientras escuchaba atentamente un diálogo que sostenían seis hombres y dos mujeres, a cada mujer se les paga 70.000 por entrar un paquete, “esas son llamadas las cargueras”, me decía una joven que se encontraba a mi lado. Continúe observando mientras que uno de los sujetos reempacaba varias comidas, entre ellas un “hogao”, bastante aguado. El olor a comida era ya asfixiante. Fritos, ensaladas, y comidas difícilmente descriptibles eran lo que acomodaban en seis grandes bolsas transparentes, varias camionetas, taxis, motos y demás vehículos, paraban ahí a dejar encomiendas. Me preguntaba que había ahí y por qué tanto secreteo entre todos. Las mujeres se movían de un lado a otro, se reían, fumaban, y en cada frase que decían habían un “hijueputa”, “pirobo”, “malparido”, de por medio.
Finalmente consiguieron otras cuatro mujeres para que entraran las bolsas restantes. A estas últimas se les pagó 50.000, y acordaron que si una no podía pasar debía de dejar una de las bolsas del paquete grande que llevaban visible para que la segunda tratara de hacerlo y así sucesivamente; “el fin es que pasen la mayoría, ya que ayer no pudimos nosotros entrarlas hoy les toca a ustedes”, dijo uno de los sujetos entregando las bolsas. Y agregó, “la Johana como que no pudo, por ahí la vi gritando y tirando el paquete por la primera reja. La maricona no hacia sino gritar”, “hoy no se puede entrar cosméticos”, le dio culillo hacerlo cuando escuché esto, me percaté que era la joven que había visto horas antes tirando la cosmetiquera por una reja. ¿Qué llevaba entonces ahí? Y ¿Por qué no decidió entrarla?
La joven que estaba a mi lado, me dice: “así se mueve esto cada domingo”.
Y ¿usted a quién viene a visitar?, le pregunto
Vengo a visitar a mi papá y a mi hermano, están aquí por tráfico de drogas, llevan dos años pero aún no han sido condenados…el diálogo fue interrumpido cuando el celular le sonó en varias oportunidades, colgó y me dice:”era mi papá y después mi hermano, están ya desesperados porque no he entrado…”
¿Papá?, ¿hermano?, como así. ¿No están ellos adentro en la cárcel?
Continuó, “no me dejan tranquila me llaman cada segundo. Si desayuné, almorcé, comí, si estoy rumbeando me llaman hasta que llegue a la casa. Me protegen mucho pero no los culpo, lo que pasa es que yo tengo toda mi familia en la cárcel, aquí a mi papá y a mi hermano y en el Buen Pastor a mi mamá y a la empleada de servicio. Todos cayeron por nexos con familiares narcos, yo fui la única que me salvé porque me encontraba estudiando en otra parte”
Al escuchar ésta historia, me inquieté por saber más detalles y después de un diálogo más abierto me enteré, que pertenecía a una familia muy pudiente, que la celda para su papá y su hermano con una cama doble, televisor, un pequeño radio y un armario improvisado le había costado cuatro millones de pesos. Que había pagado 70.000 a un guarda para que le ingresara un celular Motorola V3 que después fue robado al interior de la cárcel a sus familiares y que ahora estos pagan por el alquiler del mismo las horas que quieran y que tienen computador portátil.
Después de escuchar esta historia puedo comprender por qué la señora de la fila decía que no se debía llamar cárcel sino centro vacacional o san Andresito Bellavista.
Suena de nuevo el celular… cuelga y me dice, mi papá ya me confirmó que sí hay visita, que ya entraron los primeros…y le pregunto ¿había posibilidades de que no hubiera visita? Me responde: ”es que ayer hubo como que una fuga, por eso cancelaron las visitas… al escuchar esto recuerdo porque el sujeto que repartía las bolsas que iban a ingresar las seis mujeres por 50.000 y 70.000 decía que hoy si tenían que ingresarlas ellas... porque el día anterior ellos no habían podido.
Y ¿quién se voló?, le pregunté
“Según mi papá mataron a uno allá adentro y mientras entraban los de criminalística por el muñeco uno de los presos se disfrazó y salió muy campante por la portería central”.
Cuando la joven contaba esto, fue interrumpida por Don Javier, no sabía que estaba siguiendo mis pasos, con una cerveza ya por terminar dijo: “yo estuve ahí, ya casi iba a entrar pero cuando no dio el conteo dijeron que las visitas estaban canceladas, de inmediato todos nos enojamos… ¿no ve que esta es la última vez que van a dejar ingresar comida en abundancia? Es que a los presos no les importa la visita a ellos los que le importa es la comida, con esa cochinada de la comida del bongo, ¿usted sabe cómo es esa comida?” Me interpelaba mientras lo escuchaba con atención. De inmediato, continuó, “todos empezamos a tirar piedras y llegaron los antimotines a tirarnos gases lacrimógenos, las guardas desde la cárcel nos apuntaban con fusiles…” contaba emocionado, mientras acababa el último trago de cerveza que le quedaba.
“La joven añadió, así pasa cada domingo…esto no es nada… ya nos hemos acostumbrados…”
Un grito interrumpió la amena conversación:”no hay mas visitas, señoras, no hay mas visitas” de inmediato la joven salió a correr, pues su encuentro con sus familiares podría ser cancelado. Desaparece entre la multitud con dos bolsas tranparentes, llenas de comida.
Me quedo en el lugar observando a las que van entrando, el grupo de las cuatro mujeres, horas mas tarde a la del ficho 5039, a Martha, a Cecilia y Mónica, a las seis cargueras… todas están emocionadas y sus rostros reflejan alegría y tranquilidad.
Tres horas más tarde, Mónica sale, le pregunto sobre el porque llegó tan rápido, y me dice que no paso el control de las sillas, con lagrimas en los ojos, me jura que no lleva nada raro…mientras saca de una monedera 20.000 en billetes de 1.000 y 2.000… “me tocará pagar para que me entren la comida, es preferible eso a que se pierda”, me quedo sin saber que decirle, paga, entrega la bolsa y desparece del lugar.
Horas mas tarde empiezan a salir las demás, varias comerciantes las esperan a la salida, ofreciendo trozos de algodón con alcohol, paraqué limpien los siete sellos que les fueron puestos en cada uno de los controles.
Poco a poco van desapareciendo, me decido a partir, observando varios rostros, las cargueras salen celebrando, lo que me lleva a pensar que la mercancía llego al destino final, otras más salen tristes, lloran… pero salen en silencio. El ruido de la expectativa y la emoción propias de la mañana desaparecen y es transformado por un silencio abrumador.
Tomo de nuevo el bus, y conmigo seis mujeres más, llevan sus bolsas transparentes ya vacías, ninguna habla ni comenta nada, sólo hay silencio… se ven tranquilas por haber cumplido con el ya acostumbrado tour de cada domingo.
Me alejo del lugar no sin antes leer un letrero algo borroso con dos manos entrelazadas:
Bienvenidos: en Bellavista armonizamos la paz.





